domingo, 21 de diciembre de 2008

Juegos de parejas

Juegos de parejas
-Voy a cazar mariposas.
-Pero, Clarisse-replicó Walter-, en esta estación no hay mariposas.
-Quién sabe.
El hombre sin atributos
Robert Musil


Gramática convencional
Esa mañana temprano, Eva se puso la malla y la sudadera que su marido le había regalado en su cumpleaños y salió al balcón. Era temprano, y aún no había amanecido. El cielo estaba estrellado, estellas como puños. Solía correr una media hora y a la vuelta preparaba el desayuno de todos. Correr con las estrellas, lo llamaba ella. Bajó los cuatro pisos en ascensor y salió a la calle.
Era sábado. Las ventanas de las casas del vecindario permanecían apagadas. Eva se apoyó en la empalizada del jardín de la comunidad y empezó con los ejercicios para entonar las piernas. Soplaba una brisa algo fresca, anticipando el otoño. Mientras se ponía a punto, se fijó en el césped cubierto de hojas y alzó la vista hasta el magnolio. Empezó a correr, y a la luz de las farolas vio que los plátanos de ambos lados de la carretera estaban igualmente desnudos, sus hojas muertas alfombrando la alameda, que los pies levantaban en medio de pequeñas explosiones de hojarasca seca.
En la mesa le dijo a su marido:
-Están todas en el suelo, es como un bosque en pleno otoño.
Él estaba recriminando al menor de los chicos la manera de proceder con el cuchillo en la tarrina de margarina.
-Hay montones por todas partes-dijo ella.
-Claro, está llegando el otoño. Tienen que caerse. La primavera que viene volverán a salir y ya está-contestó él, sin levantar la vista del catálogo de ordenadores-.Oye, cariño, no sé si recuerdas, pero la semana pasada acordamos que ya no compraríamos margarina, sino
mantequilla...
-Quiero decir que están todas en el suelo, que no hay una sola hoja en los árboles-insistió ella-. Ha sido de repente, ¿no es extraño? Como si se hubieran caído todas esta noche. Y
además, el magnolio...
-¿Se han caído todas en una sola noche?- repitió él con sarcasmo, y levantó la vista del catálogo para mirarla-. Pues vale, ¿y que podemos hacer, llamar a los de Expediente X?-."Si al menos te peinaras antes de sentarte a la mesa", pensó.
Ella fue a la nevera y volvió con una botella de agua. "Hijo de perra", se dijo. Luego, tratando de que su voz pareciera del todo normal, dijo:
-Chicos, no olvidéis que tenéis que coger el dinero para los pasteles y las flores de la abuela.
-¿Veniréis mañana?-quiso saber el menor de ellos.
-¡Eh, eh, eh!-dijo el padre sonriendo-. ¿Qué es eso de "veniréis"? Por Dios. ¿Es así como os enseñan en el colegio? Límpiate los labios, anda.
Pasó la mano por el pelo de su hijo menor. Desde la pila del fregadero la madre miraba al padre, que había decidido limpiarle los labios él mismo.
-También dice "bagardina" en vez de gabardina-informó el hermano mayor.
-¿Lo sabes tú,chaval?-le preguntó el padre.
El chico contestó:
-Se dice gabardina.
-No, no ¿Por qué está mal dicho "veniréis"?
-Porque es "vendréis". Eso está chupao.
-¡Eso es!-exclamó el padre.
-Pero está mal, porque ahora estamos aquí.
El padre le miró sin comprender. La madre se acercó a la mesa y volvió a sentarse.
-Estamos aquí-continuó el chico-.Si estamos aquí hay que decir "iréis", papá.
-¡Dios!, fíjate bien, mujer-dijo el padre-, fíjate, nuestro hijo es un genio.
Ella simplemente se levantó de la mesa en el instante en el que él empezaba a reir. Estaba demasiado acostumbrada a esa clase de salidas por parte del chico y sólo su padre seguía recibiéndolas con alharacas. Abrió la nevera y se quedó mirando el interior, sin decidirse.
-Feli, ¿te das cuenta? Es un genio-dijo el padre a la espalda de la mujer.
El niño sonreía y miraba a su padre.
-Yo no quiero con la abuela, no quiero ir, no quiero ir, no quiero ir-gritaba el menor a su madre, que para entonces había olvidado que estaba buscando en la nevera.
Juegos de parejas
(Gramática convencional)
Asdrúbal Hernández

Un escritor en la penumbra
Asdrúbal Hernández es amigo mío, así que para mantener a salvo mi subjetiva objetividad, echen un vistazo al prólogo escrito por Javier Tomeo para "Juegos de parejas", fíjense en lo que dice sobre el libro de relatos, pero no pierdan de vista el prólogo, porque él mismo, en sí, es una maravilla. Y a continuación una reseña del crítico Imanol Lizarralde, publicada en la revista donostiarra Bart, en su número 7, sobre Juegos de parejas.

Prólogo
No sé hasta que punto puede ser válido lo que un novelista opine sobre la obra de un compañero.No resulta nada fácil, ciertamente, admitir que otro colega, madurado en el mismo solar por soles y vientos comunes, pueda internarse por los grandes paisajes literarios del país siguiendo caminos distintos a los que él emprende y, además, lo haga provisto de otras alforjas.
-Mi camino es el más directo y mi alforja la mejor provista-se suele pensar. Los caminos que recorren los demás no son más que discutibles circunvalaciones.
Cuidado, sin embargo, con nuestras opiniones. Lo dijo ya hace muchos años Oscar Wilde: los artistas reconocen a sus admiradores, pero no se reconocen entre sí porque el polvo que levantan las carrozas en las que viajan les oculta los unos de los otros.
Algo parecido, supongo yo, me habrá ocurrido a mí con las novelas de ciertos colegas que pueden vanagloriarse de haber logrado entusiastas comentarios de los más famosos críticos de este país y que, además, han conseguido un notable índice de penetración en el mercado.
¿Y si la opinión adversa que nos merece tal o cual novela que la crítica aclama puede estar viciada por motivaciones extraliterarias? ¿Y si las ramas de tus árboles no me dejasen ver el bosque de los demás?
Ésa es, a mi juicio, la regla general, pero de vez en cuando se producen pequeños milagros que acaban con nuestros desasosiegos y nos devuelven la confianza en la validez de otras fórmulas literarias que poco o nada tienen que ver con las que utilizamos nosotros.
Sucede, en efecto, que algunas veces llega a nuestras manos una nueva novela recién aparecida en el mercado, o incluso un original todavía no publicado, y advertimos entonces que los dioses de las letras no han dejado tan abandonados a los escritores como para que en el universo del quehacer literario sólo exista una opción válida para alcanzar los objetivos propuestos.
Eso es, poco más o menos, lo que me ha ocurrido con "Juegos de parejas", un volumen de relatos que firma Asdrúbal Hernández y que con toda seguridad habrá de constituir una grata sorpresa para muchos lectores.
El libro está constituido por dieciocho historias.Entre todas ellas, hay, a mi juicio, una que merece especial mención. Me refiero a la titulada "Gramática convencional", que es precisamente la que inicia la serie. Pocas palabras para decir muchas cosas. Eso es lo más debería importar a los escritores de raza, conseguir lo que algunos llaman la "ecuación de las margaritas".
En apenas tres páginas, "Gramática convencional" nos traslada a la entrañable codidianidad de una familia de clase media. Una mañana al salir de casa, la madre constata el misterio de un bosque vecino que, antes de que llegue el otoño, en el transcurso de una sola noche, ha perdido todas sus hojas. Frente a la madre, un marido excesivamente preocupado por el gélido mundo de la informática, que no siente el menor interés por descifrar el maravilloso enigma que le propone su mujer. También están los niños, inventando palabras imposibles. Todos ellos instalados en mundos distintos, entre los que apenas existe comunicación posible. ¿No nos ofrece acaso esta breve historia una certera instantánea sobre el aburrimiento, la rutina e incluso el desamor conyugal?
Sin desmerecer a los demás relatos, nos parece también soberbio "Lejos de todo", que nos habla brevemente de otra familia, constituida por padre, madre y dos hijos, que deciden comprar en el mercado semanal, además de una caja de frutas y un saco de patatas, una cría de boa que después olvidan incomprensiblemente en el jardín de la casa.
Misterio, pues en "Gramática convencional", el de las hojas que desaparecen de los árboles de la noche a la mañana.
Misterio, también, en "Lejos de todo", con esa pequeña boa abandonada por todos en el jardín familiar. Ambos enigmas, enmarcados en la vida cotidiana y absolutamente creíble de dos familias absolutamente normales.
Descifrar los enigmas que plantean las hojas tan repentinamente desaparecidas y la cría de la boa podría significar, a fin de cuentas, tanto como descubrir cuáles son los problemas más profundos que esas dos familias, con mejor o peor fortuna, procuran ocultar.
Estamos convencidos de que esta antología de relatos que firma Asdrúbal Hernández merecerá la atención de esos impenitentes lectores que, a pesar de sentirse ya muy fatigados por una oferta literaria desmedida, no quieren renunciar todavía a la nobilísima aventura que supone la lectura de unos relatos que se mueven lejos de esas coordenadas consumistas que amenazan con devorarlo todo.
Javier Tomeo


Reseña de Imanol Lizarralde, se halla en la editorial Ronsel, en la sección Grandes reseñas (incluimos aquí el texto, debido a que en la página web de la editorial, presenta un error de formato y se hace dificultoso de leer).
Asdrúbal Hernández
"Juegos de parejas"
La búsqueda del principio de realidad es uno de los retos que se impone la literatura en estos tiempos de sensaciones rápidas y comidas precocinadas. Cuando el lector puede comprar una novela de James Ellroy en cualquier quiosco o hacerse con una colección de clásicos latinos y romanos a precio de baratija, frente a esta realidad material, aquel que pretende dar una crónica de nuestros tiempos, no aburrir a las ovejas o caer en la vulgaridad repetitiva, encuentra suficientes motivos de frustración. Y, sin embargo, es necesario vencer el obstáculo del peso de la tradición literaria y de la temporalidad contemporánea, narrando historias que sirvan para nuestro momento. Este es, a mi parecer, el caso del libro de cuentos de Asdrúbal Hernández.
Estos relatos denotan un regocijo por lo concreto que es de agradecer; la carpintería narrativa es impecable, el autor es conocedor del arte de hilar detalles sutiles hasta crear un cuadro que deja palpitante sensación de autenticidad, abandonando al lector en el punto de mayor interés. El tipo de historia es una forma de crónica cotidiana, donde lo inquietante se encuentra en el trasfondo, en la biografía de sus convencionales personajes, dando paso, en la aparente vulgaridad de sus vidas, a las pulsiones eternas de la irracionalidad, la locura y el error trágico.
Dominan aquí dos ingredientes que parecen contradictorios pero que en realidad se complementan a la perfección: una especie de suspense natural, de misterio narrativo, y la maestría en la digresión, en aquello que envuelve a una historia y que para la finalidad de estos cuentos a veces se convierte en lo esencial: una llamada de teléfono equivocada, la llegada inesperada de un marido a su domicilio, el clandestino disfrute de una casa por parte de dos jóvenes, estas situaciones son los desencadenantes de nuestro conocimiento de los personajes, y también de sus contextos. Y es que en su búsqueda de objetividad, el mundo de estos relatos es tanto individual como colectivo; de la misma manera que los hechos producen más hechos, las personas se encadenan a otras personas, muertas, vivas o incluso imaginarias. Guarda jurados, carniceros, altos funcionarios, ex mujeres, canguros, colegiales, viajantes de comercio, dependientes de supermercados, el mundo de Asdrúbal Hernández posee la precisión del conglomerado de vidas que contiene nuestro paisaje tecnológico-urbano. Y el correlato de esa vocación de objetividad es la ironía, cómico-trágica, que se desprende al culminar cada relato. Terminamos sabiendo más de los personajes que ellos mismos. Esto ocurre no desde una fácil omnisciencia, sino desde la lógica férrea que adivinamos en el encadenamiento de los detalles casuales que de forma tan sabrosa dosifica el autor. Es una gran virtud poética la capacidad de sugerir desde lo concreto, sin ser explícito y sin caer en la monserga directa.
Asdrúbal Hernández va dejando las pistas de la metafísica real que mueve a sus personajes: la batalla constante contra la frustración, contra las formas de infelicidad que desgarran y abaten, la irrupción momentánea de una realidad superior y mejor -en función de un atisbo de belleza, de la impresión renovada de una primavera, de la pura conciencia de placer animal; los afectos desastrados que perduran a pesar de sí mismos, la solidez de los mundos infantiles, que oscuramente prevén su propio acabamiento.
Un eco hay de los cuentos de Baroja, de su amor por la abundancia de gremios y carácteres humanos, y de los de Joyce, en la atención a las claves más nimias de lo cotidiano y su correspondencia en el mundo de las pasiones y de la belleza. Lo más importante es la legibilidad pasmosa del libro, su antitético dramatismo, la emergencia de un humor que es connatural a las paradojas que pretende narrar.

Imanol Lizarralde
Una pequeña referencia sobre él aqui.
En el blog Itaca hay varias entradas sobre sus obras, aquí una (para los despistados, recuerden que pinchando en la etiqueta de la entrada podrán ver en la misma página todas)
Comprar el libro aquí.
Página web de Ronsel con la reseña de Lizarralde (tiene errores de formato), aquí.

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