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viernes, 20 de noviembre de 2009

"En la granja" de Paula Lapido


Fuente de la imagen: ottophoto

En la granja

El sol se estaba ocultando con cierta pereza cuando Doug salió del granero, justo a tiempo de ver a su padre desplomarse en el suelo. Iba hacia el establo para guardar el ganado, rastrillo en mano, y cayó como un fardo. El sombrero de paja le resbaló de la cabeza y fue rodando hasta la valla blanca y roja junto a la carretera. Maud, la vaca más anciana del rebaño, lo siguió con la mirada mientras rumiaba un bocado de hierba.
Doug se acercó a su padre lo más rápido que le permitía su pierna lisiada. Le encontró tendido boca arriba con los ojos abiertos, inmóvil. Se inclinó para escuchar su respiración. Se oían más los grillos bajo los árboles y las mandíbulas de Maud mascando. Oía más su propio corazón, que latía como un tambor del 4 de Julio.
Se arrodilló junto a él poniendo con cuidado la pierna izquierda en el suelo. Torció la boca. Le dolía con la humedad y había estado lloviendo durante días. Puso los dedos en el cuello del viejo, le buscó el pulso. Estaba caliente, la arteria palpitaba a trompicones. Las mejillas rubicundas se le habían vuelto grises. Tenía los labios agrietados y las manos callosas hundidas en la hierba. El rastrillo había caído lejos de su alcance.
Levantó la cabeza y miró hacia la casa. La luz del porche estaba encendida y le llegaba el sonido de la radio desde la cocina. Su madre y su hermana estaban preparando la cena. Por el olor, serían chuletas. Chuletas con puré de manzana y patatas asadas con mantequilla. A Doug se le hizo la boca agua. Tenía hambre. El estómago se le encogió y emitió un rugido que hizo que Maud volviese la cabeza hacia él.
La puerta de la cocina se abrió y apareció la cabeza rubia de Patti:
-¡Doug, dile a papá que la cena está lista! -gritó, y volvió a entrar en la casa dando un portazo.
Doug fue a levantarse para llamarla pero un pinchazo en la pierna lisiada le dejó en el suelo. Ella no le habría oído ya, con la radio y el ruido de los platos. Maud mugió y Doug se la quedó mirando. La vaca se inclinó para mordisquear otro bocado de hierba. Brando, el cachorro de labrador que habían comprado el año pasado, ladró a la vez que sacudía la cola. Corría a avisar al resto de la familia para la cena. Gruñó y rascó con su pata negra una de las botas de agua verdes del viejo, que abrió la boca y volvió a cerrarla sin emitir sonido alguno.
Doug recogió el rastrillo y palpó las muescas de la madera con un escalofrío. Una muesca, una noche pasada en el establo, durmiendo en el suelo. La vara estaba marcada de arriba a abajo. Se volvió hacia la casa, luego hacia su padre. Su rostro se difuminaba en la semioscuridad. Arrancó un puñado de hierba imitando a Maud y se lo acercó a la nariz. Él le miró con sus ojos azules muy abiertos, sin parpadear. Se le crisparon las manos. Vino una brisa nocturna y las briznas volaron de los dedos de Doug.
Se levantó. El viejo le agarró de la pierna izquierda. Aún tenía fuerza, le clavaba las uñas en la piel a través del pantalón. Un calambre le subió por la pantorrilla hasta la cadera. Se apoyó en el rastrillo y esperó. Los grillos subían poco a poco el volumen de sus crujidos. Pasó un rato hasta que el sol se hubo ocultado por completo. Ahora solo distinguía los ojos de Maud que reflejaban las luces del porche. La mano que le sujetaba fue aflojándose hasta caer de nuevo inmóvil sobre la hierba.
Doug echó a andar hacia la casa cojeando. Brando le adelantó a la carrera para ir a rascar la puerta de la cocina. Chuletas, sí, no se había equivocado. Dejó el rastrillo en el porche y entró. El bol de puré de manzana estaba sobre la mesa con la cerveza de su padre. Fue a lavarse las manos en el fregadero y se sentó en su sitio, a la derecha de la cabecera. Patti le puso un plato limpio y le llenó el vaso de agua. Cuando retiraba la jarra, Doug la sujetó del brazo y le sonrió. Le retiró el pelo rubio de la cara. El moratón del ojo se le había puesto amarillo pero pronto no se notaría, en cuanto le diera un poco el sol.
-¿Y papá? -preguntó ella.
Doug bajó los ojos y miró el mantel de cuadros.
-En el establo, creo.
Patti no dijo nada más. Fue por la bandeja de chuletas y la puso en la mesa. Doug cogió una y empezó a comer. Se moría de hambre. Su hermana le miró con los ojos muy abiertos.
-¿No esperas a papá? -le dijo en voz baja.
Su madre apareció con las patatas.
-¡Douglas! -exclamó? ¡Ya sabes que no podemos empezar a comer hasta que tu padre no haya venido! ¡Sabes de sobra cuánto le molesta! – dejó la bandeja en la mesa y se frotó las manos en el delantal. Miró de reojo hacia la puerta.
-No os preocupéis. Sentaos.
Doug terminó la chuleta; cogió otra. Bebió agua. Su madre y su hermana seguían de pie junto a la mesa, mirándole mientras comía.
-Mamá, podríamos abrir esa botella de vino que guardas en la alacena para las ocasiones especiales. Sé que te gusta y nunca bebes. Espera, yo la cojo.
Doug fue a por la botella, le sacó el corcho y llenó el vaso de su madre, el de su hermana y el suyo propio, hasta el borde. Las dos mujeres miraron hacia la puerta y tomaron asiento sin decir palabra.
-He estado pensando que los aperos están muy viejos -dijo Doug?. La semana próxima iré al pueblo a comprar un rastrillo nuevo y alguna otra cosa.
Patti volvió a retirarse el pelo que le caía sobre la cara. Su madre cogió el vaso de vino y se lo bebió de un sorbo largo, atropellado.
-Mamá, las chuletas están muy ricas. Comed, se van a enfriar. Venga, Patti, sírvete.
Brando frotó su hocico contra la pierna lisiada de Doug. Él le tiró una chuleta. Patti subió el volumen de la radio. La madre hizo ademán de decirle algo, pero Doug la interrumpió tendiéndole el bol del puré de manzana. Durante unos instantes el cuenco se quedó allí, entre los dos, exhalando sus vapores dulces hacia el techo. Después ella lo cogió y se sirvió.

Sombrías esperanzas
De Paula Lapido hemos publicado textos en este blog y en otro, véase el relato completo "Nawa shibari" o partes de él en Ítaca (Aquí y aquí). "En la granja" es un relato publicado en los "Inéditos del síndrome" del excelente blog literario "El síndrome de Chéjov". ¡Qué decir de Paula Lapido?, como un Saturno V literario, espera en su torre de lanzamiento. ¡Sí! Un Saturno V, no un cohete de feria.
Un saludo
Luis Markhos

domingo, 14 de junio de 2009

Mollejas de Asdrúbal Hernández

Fuente:www.ucm.es
Mollejas

-Susi- decía la Sra. Penderton en
ese momento-, ¿la gente tiene
mollejas como los pollos?
“Reflejos en un ojo dorado”
Carson McCullers

Había una vieja lavadora al borde de la carretera, y como de costumbre de golpe volvió a brotarle en la sesera otra de sus maravillosas ideas. No es que necesitara una vieja lavadora, ni que estuviera buscando nada, pero es que a su paso las cosas parecían entonar irresistibles cantos de sirena. Mientras hacía retroceder la furgoneta por el arcén vio venir un coche de frente. Lo reconoció al instante, aunque aún estaba un poco lejos; era el viejo descapotable azul de la pareja de gandules de Silverio, el farmacéutico. Y venían pisando huevos, Dios, como si de pronto les hubiera entrado la cordura.
-Pareja de abortos- se dijo él-. Por qué no os mataréis de una puta vez.
Cuando estaban a poca distancia, como era previsible tocaron el claxon, las primeras notas de la Marsellesa, que sonaron estridentes y grotescas. Luego, aceleraron y pasaron ante él como una exhalación haciendo rechinar las ruedas, pero le dio tiempo a ver sus cabezas amelonadas y los efectos de las carcajadas en sus jetas de retrasados.
-Cabrones comemierdas- se dijo.
Blanca sobre el negro asfalto, saltaba a la vista de cualquiera que pasara por allí esa mañana. No se desanimó al ver el sarpullido de roña que acribillaba el esmalte. Eso no quería decir nada; el acero no se oxidaba. Abrió el ojo de buey y sonrió al ver que no se había equivocado; el tambor relucía como plata recién bruñida. Sacó la caja de herramientas de la furgoneta y comenzó con la tarea. Soltar el tambor le llevó algo más de media hora y en ningún momento, mientras sudaba la gota gorda a pleno sol y canturreaba para sus adentros la pegajosa melodía que le venía rondando desde que se despertó esa mañana, se preguntó qué diablos hacía la lavadora allí, junto a la carretera.
Metió la caja de herramientas y el tambor en la furgoneta y arrancó.
La mañana podía acabar bien. Se iba a enterar su madre. Él era muy capaz, de eso y de más, ¿qué creía? De pronto sintió estallar en su interior una burbujita de euforia y tuvo que reprimir los deseos de dar un par de bandazos por la carretera. No se atrevió. Aunque ahora mismo no había vehículos a la vista, era una carretera frecuentada. Pero sí salvó los quinientos metros de recta con limitación de velocidad a ochenta pisando a fondo el acelerador (a ciento veinte o ciento treinta; el motor no daba más) y alcanzó la curva como embriagado. Entonces frenó con brusquedad (el tambor y la caja de herramientas resbalaron en la parte de atrás), menos por precaución que por mirar si había alguna actividad en el exterior de la granja de pollos (siempre lo hacía al pasar por allí), donde había tenido su último empleo.
Sonrió al ver al grandote de Deuve (Dos Velocidades: Una lenta y otra más lenta) con los brazos en jarras mirando el cielo como un pasmarote, y dejó de hacerlo cuando vio a Molín acarrear una manguera sobre una carretilla en dirección a la nave anexa a la principal. Bien sabía él para qué. Allí, en el “Palacio”, se depositaba la mierda de los pollos. Ahora entrará en el “Palacio”. Tiene que mojar la montaña de mierda seca. Si lo hace con cabeza empezará por la punta. Apuntará justo por encima y dejará que el agua caiga como fina lluvia sobre la punta de la montaña, y no dejará de apuntar allí durante un buen rato, y luego empezará a dar vueltas alrededor, lentamente, como el caballito de un tiovivo que se estuviese parando, para que la lluvia se reparta por igual y la montaña de mierda se mantenga firme. Luego, tendrá que empezar a bajar el chorro por la falda de la montaña, y tendrá que hacerlo con mucho ojo para que la montaña no se desmorone y la mierda se escurra hacia sus pies. La mierda sólo requiere ser humedecida; si la empapa está perdido. Si lo hace como Dios manda, no dejará que la montaña se empape y se forme una enorme laguna de mierda. Luego, saldrá al patio trasero a esperar durante una hora, más o menos, a que el hedor y los gases escapen por el agujero del techo. Yo solía fumar mi dos o tres cigarrillos mientras miraba el horizonte del mar allá abajo. Él, no fuma. Pero tiene ese viejo libro sin pastas, “La isla del tesoro”, que lee una y otra vez como si no lo entendiera, se sentará a leerlo en la butaca desfondada que hay contra la pared, y al cabo de poco más de una hora entrará y hurgará en la mierda para ver su consistencia. Si todo ha ido bien, la mierda estará ni húmeda ni seca, estará en su punto para ser encajonada en los moldes de madera. A dos moldes por carretilla, si aprovecha bien cada viaje, tendrá que hacer unos cincuenta o sesenta viajes hasta la explanada donde están los moldes, al aire libre y bajo la tejavana de uralita. Contando con la media hora par comer, lo tendrá listo antes de que anochezca y vaya al “Balneario” a ducharse. Y tendrá que repetirlo dentro de dos semanas. Para entonces ya habrá terminado el libro, y comenzará a leerlo, de nuevo, como si no lo hubiera entendido bien del todo o empezara a olvidarlo, otra vez.
Dejó la granja atrás. Que te jodan. Te dieron mi puesto y a mí una patada en el culo. Su euforia descendió unos grados.
Eso había sido dos veranos atrás, un tiempo suficientemente largo para él como para que ya hubiera olvidado, al parecer, la causa por la que tuvo que dejar su trabajo, no la que él contó, sino la verdadera: la mujer del amo le descubrió copulando con una de las aves.
"Lo que no estoy dispuesta a tolerar-dijo a su marido en la cama-es a un depravado merodeando por aquí. Cuando vino el primer día ya te dije que no estaba en sus cabales. ¿Le falta un tornillo o algo así para hacer una cosa como ésa?
-Su marido permaneció mudo, sin desviar la mirada del libro cerrado que tenía en las manos. Él mismo parecía un libro cerrado. Pero a la mañana siguiente, no tanto por convicción propia como por evitar enfrentarse a su mujer, fue a hablar con él. <>. La idea, que le atribuía a ella y que había tenido él, era que nadie más tendría por qué saber lo ocurrido; de los cuatro empleados era el único soltero y el último en ser contratado; llegado el caso a su mujer y a él no les importaría que hiciera creer que su despido respondía a otra causa, por ejemplo a una caída de los pedidos que les había llevado a disminuir la mano de obra en la granja.
Acogió en silencio y con alivio la sugerencia del amo, pero con su mirada quiso darle a entender que no lo interpretaba como un rasgo de generosidad. Se podían ir a la mierda.
Recibió la paga equivalente al medio año que le restaba de contrato y una pequeña cesta con algunos tarros de mermelada casera como presente para su madre, que no se tomó nada bien la elección del regalo, en su opinión miserable, ni la elección de su hijo como cabeza de turco, ¿acaso su chico encendía y apagaba el sol a su antojo?

Mollejas
Asdrúbal Hernandez

"Novela" de párrafos intrigantes
El lenguaje anglosajón con su portentosa facilidad para expresar conceptos complejos con una sola palabra, da el nombre a los finales de capítulo o a las escenas de las películas que nos dejan con las ganas de saber cómo continúan, de "cliffhangers", de cliff = acantilado, y hanger de hang = colgar. Cada párrafo de este texto de Asdrúbal Hernández incita a leer el siguiente. Es una novela de párrafos en la que cada uno de ellos crea un "cliffhanger", una intriga a partir de un párrafo minúsculo.¿No es verdad que tienen ganas de saber cómo continúa el relato? Repasen los párrafos y notarán cómo cada final les engancha al comienzo del siguiente. La misma sensación tuve con cada capítulo, cuando leí "El código Da Vinci" de Dan Brown. ¿Y cual es la diferencia entre Asdrúbal Hernández y Dan Brown? Pues que Asdrúbal Hernández es un escritor y a Dan Brown la literatura le importa lo que a mí el tiempo que hará en Marte para mis planes de este fín de semana.
Ya saben que Asdrúbal Hernández es amigo mío, así que separen la componente de la amistad de esta laudatio y apliquen el polígrafo. Se hallan ante uno de los mejores escritores de relatos que se pueden leer vivos.

Luis Markhos

Algo sobre Asdrúbal Hernández
De un pelo a otro (también en este blog)
Juegos de parejas junto con el prólogo de Javier Tomeo

sábado, 21 de febrero de 2009

NAWA SHIBARI de Paula Lapido

Model in elbow bondage (Fuente Wikipedia)
NAWA SHIBARI
Lambert entra en la sala. Lleva puesta una gabardina beige y manosea la edición vespertina de Le Monde. El local está atestado y solo quedan un par de mesas libres. En el escenario hay un diván de terciopelo estilo imperio en el que está recostada una mujer oriental, vestida con una bata de seda negra. Tiene las muñecas atadas y, sin embargo, se las arregla para sujetar entre las palmas de las manos un cuenco de té humeante. La cuerda es roja, como su pintalabios. Al otro extremo del diván, sus pies asoman bajo la bata, colocados uno encima del otro. Lambert se sienta en la mesa de la última fila. Un camarero le sigue y deja una taza de café junto a él. Ella le mira mientras bebe el té caliente y, al sentir sus ojos, Lambert se yergue en su asiento. En el escenario el maestro hace una reverencia y un hombre con traje negro aplaude. Otro le sigue con la mirada a la vez que se atusa el bigote. En una esquina oscura está sentado un tercero que lleva un antifaz en la cara y se oculta entre las sombras.
Lambert enrolla el periódico y bebe un trago de café. Está frío. Mira a su alrededor. Las ventanas que dan a Saint André des Arts están cubiertas con cortinas tupidas y las lámparas de cristal esmaltado iluminan tenuemente las mesas. En el escenario, el maestro recoge una larga madeja de cuerda roja. Pronuncia una orden en japonés y ella se levanta del diván para volverse de espaldas al público. La bata de seda tiene bordado un dragón en hilo de oro. El maestro le desata las manos. Ella se quita la bata. Un murmullo surge entre las mesas. Primero el hombre de bigote, luego el del traje negro; el del antifaz carraspea. Lambert se inclina hacia delante. Ella está desnuda, salvo por un corsé de cuerda roja que rodea su vientre desde la cadera hasta el cuello. La soga cruza su torso y aprisiona sus pechos por arriba y por abajo, se anuda bajo el cuello y lo ciñe con varias vueltas. Por debajo del ombligo, baja hasta su pubis lampiño, donde forma un nudo que se pierde entre sus piernas y se cierra con el corsé. De su cintura cuelga el resto de la cuerda, una cola hecha de cuatro cabos rojos.
El maestro exclama una orden con tono autoritario y ella baja la cabeza y se aproxima a él a pasos pequeños. El maestro le ata los brazos a la espalda; primero las muñecas, luego los codos. Hace un nudo entre las manos y tira del cabo restante haciendo que ella avance a trompicones. Del techo cuelga un gancho. El maestro traba en él las cuerdas del corsé y tira hasta que ella queda de puntillas en el suelo. Sus labios se han convertido en una línea muy fina, pero todavía roja, como la cuerda. Lambert está sentado en el borde de la silla y la tinta del periódico le mancha las manos. Ella mira a su alrededor, fija los ojos en cada uno de los espectadores. Lambert sigue su mirada. El hombre de bigote está sonriendo y se pasa la lengua por los labios. El del traje negro se afloja el nudo de la corbata. Del hombre del antifaz solo se ve su mano que sostiene un cigarro, y el humo. Lambert está sudando. Ella alza la barbilla. Desde el fondo de la sala se escuchan sus gemidos. El maestro toma otra cuerda. Le ata la rodilla con círculos perfectos, lanza el sobrante al aire y lo sujeta a otro gancho. Ella está ahora de puntillas sobre un solo pie. Abre y cierra la boca pero apenas puede moverse. Se muerde los labios hasta hacerse sangre. El maestro toma el último trozo de cuerda que cuelga de sus manos, lo pasa entre sus piernas y entre los dedos del pie que está en el aire. Rodea el tobillo y deja caer el resto del cabo, que roza el suelo. Donde la cuerda se junta con la piel, ésta palpita: en los bra-zos, el muslo, el cuello, entre sus piernas. Ella tiene los ojos cerrados y no puede evitar una lágrima que se desliza despacio, recorriendo cada centímetro hasta su mejilla, llevándose el maquillaje negro de sus párpados. Sin embargo Lambert ve que sonríe. Nadie lo ve pero ella sonríe, durante apenas un instante. El maestro se aparta con una reverencia. El hombre del bigote aplaude de nuevo y el del traje negro le secunda. El hombre del antifaz exhala una bocanada de humo. Lambert se aprieta las rodillas con las manos.
Los aplausos duran solo unos segundos y después el público vuelve al silencio. El maestro se retira al fondo del escenario, donde apenas hay luz, pero ella permanece en primer plano, mirando a los es-pectadores de nuevo, uno por uno. Ninguno de ellos parpadea. Las mejillas del hombre del bigote están enrojecidas. El hombre del traje negro, en la mesa de al lado, sonríe. El hombre del antifaz deja caer la ceniza en el suelo. Lambert coge la taza con una mano temblorosa y bebe el último sorbo de café frío. Una gota le resbala por la barbilla hasta caer sobre la camisa. Durante un momento, recorre el tejido paralela a la línea de botones.
El maestro da un paso y se hace visible de nuevo. Hace una reverencia y, sin esperar ninguna respuesta por parte del público, empieza a soltar las cuerdas. Solo le deja las muñecas atadas. Después pronuncia una orden y ella se acerca al hombre del bigote. El maestro hace una seña y el hombre, como si lo hubiera hecho muchas veces, toma el extremo de la cuerda y la desata. Ella cae a sus pies y le acaricia las rodillas con sus dedos delgados. El hombre del bigote le tiende la cuerda al maestro mientras se humedece los labios. Lambert estira el cuello para ver qué sucede pero desde su asiento al final de la sala solo distingue un mechón de pelo negro y un pie desnudo sobre el suelo de tarima. El maestro da una palmada y ella se levanta. Une las manos a la altura del pecho, hace una reverencia y ambos suben de nuevo al escenario para inclinarse ante el público. Después ella vuelve a ponerse la bata de seda. El maestro recoge las cuerdas del suelo y las enrolla con cuidado. El hombre del antifaz se levanta y abandona la sala. Entra un camarero con delantal blanco hasta los pies y abre las cortinas. Fuera es de noche.
Lambert se queda sentado en su mesa mientras entran otros clientes, se sientan y piden café y vino. En el escenario el maestro termina de recoger las cuerdas y se acerca al camarero. Hablan en voz baja y unos billetes cambian de manos. Ella se recoge el pelo en un moño y lo sujeta con dos agujas de color marfil. En un gramófono, cerca de la barra, la voz dulzona de Édith Piaf empieza a cantar «T’es beau, tu sais». Lambert se levanta de la silla frotándose las manos pegajosas. Ella recoge el cuenco del té del suelo. El hombre del traje negro se le acerca y le hace un gesto para que se siente en su mesa, pero ella le hace una reverencia mientras retrocede a pasos pequeños. Él insiste, eleva el volumen de su voz. Ella pronuncia una negativa con gesto tirante y le da la espalda. Baja del escenario. El hombre del bigote sacude la cabeza, se pone el sombrero y se marcha. Ella camina hacia la mesa de la última fila. Lambert observa las marcas de la cuerda en sus muñecas mientras vuelve a sentarse. Levanta la mano para hacerle una seña al camarero pero ella se la coge y la pone de nuevo sobre la mesa. Recorre el dorso con una uña larga pintada de negro, al principio como una caricia, pero poco a poco va hundiendo la uña en la carne hasta que Lambert se revuelve y aparta la mano. La piel está herida y sangra como los labios de ella, que sonríe.
–Nawa shibari –dice–. Mañana. Ven.
Pone una tarjeta sobre la mesa y la arrastra con un dedo hacia Lambert. Después se marcha. Lambert se limpia la herida con un pañuelo. Lee la tarjeta, que huele a té negro y a jazmín. Llama al camarero y pide un coñac, que se bebe de un trago. Al cabo de un rato, las manos dejan de temblarle.
* * *
Lambert camina por la acera con un ejemplar de Le Monde bajo el brazo. Cada pocos metros se detiene bajo una cornisa y saca la tarjeta del bolsillo. Llueve y los adoquines están resbaladizos. La tarjeta está casi desecha y las letras desvaídas, pero Lambert vuelve a leer la dirección. Mira la placa de la calle y consulta el reloj, aunque la luz es tan escasa que a duras penas puede distinguir los números. De pronto las farolas se encienden. Lambert se sube el cuello de la gabardina y sigue andando. Un giro a la derecha, otro a la izquierda. La puerta de la casa es de madera oscura. Está abierta y da paso a un largo corredor. Lambert lo cruza y sube las escaleras hasta el segundo piso. Llama al timbre. Ella le abre. Lleva puesta una bata de seda roja y tiene el pelo suelto. Está descalza. Su piel no tiene marcas.
Le conduce hasta el salón, donde hay un sofá de piel, una silla de madera y una pequeña mesa con una tetera y tres tazas. Las cuerdas rojas están enrolladas sobre un aparador. Del techo cuelgan media docena de ganchos, bajo los cuales se extiende una alfombra persa de seda. Lambert toma asiento en la silla mientras ella se reclina en el sofá, como en el café. Sobre la piel oscura del asiento sus pies se ven más amarillos.
El maestro entra en el salón. Lleva un traje gris que parece cortado a medida y zapatos negros. Se acerca a Lambert y le dirige una reverencia. Luego extiende la mano y le hace un gesto para que le siga. Lambert se levanta. El maestro le muestra las cuerdas, que tienen el grosor de un dedo y la flexibilidad del cabello. El maestro habla. Ella deja el sofá y se aproxima hasta detenerse sobre la alfombra de seda. Lambert sujeta la cuerda en sus manos mientras ella se quita la bata y la deposita sobre el aparador. Su piel se ve más cetrina y sus labios más pálidos. No levanta la mirada, la dirige hacia el suelo, hacia la alfombra, donde los pies de Lambert parecen el doble de grandes que los de ella. El maestro desenrolla la cuerda que Lambert sostiene. Ella levanta los brazos.
–Shinju –dice el maestro.
Entonces el maestro coge las manos de Lambert y poco a poco, con lentitud, va rodeando los pechos de ella. No le permite tocarla, solo sostener la cuerda. Hace un nudo y luego pasa otra cuerda por encima, debajo de las axilas. El maestro da un paso atrás y le deja solo. Lambert repite el primer nudo y el maestro asiente en silencio. Pone una nueva cuerda en sus manos y le indica cómo pasarla bajo las otras. Lambert reproduce sus gestos sobre la piel de ella. El maestro se acerca y ahora estira con delicadeza, como temiendo hacerle daño. Los pechos de ella van quedando estrangulados, enrojecidos y la piel se tensa. Lambert no puede evitarlo y extiende la mano para tocar un pezón rojo como una cereza.
–Sakuranbo –dice el maestro interrumpiéndole.
Toma la siguiente cuerda y rodea la cintura de ella por encima del ombligo. Lambert observa el mo-vimiento pausado de sus manos cetrinas. Cada vuelta recorre la forma de las costillas y, entre vuelta y vuelta, no queda un centímetro de piel visible. El maestro hace un nudo con lentitud, repitiendo cada paso dos veces. Pronuncia una orden y ella abre las piernas. Entonces entrega la cuerda a Lambert, que la desliza entre los muslos delgados rozando la piel caliente con el dorso de la mano. Ella suspira. Lambert ata la cuerda por la espalda con un gran nudo y lo envuelve con la palma de la mano. La espalda de ella se curva cuando retuerce el nudo. Con la siguiente vuelta, la cuerda se clava en la piel y ella empieza a respirar con dificultad. Lambert roza la piel tensa y enrojecida con las yemas de los dedos y deja en ella una marca blanca. Una gota de sudor le resbala por la sien, cae paralela hacia el pómulo. Desciende hasta la comisura de sus labios entreabiertos y se cuela en su boca. Él la recoge con la lengua y traga. Ella abre y cierra las manos. Sus labios tensos se separan y parecen curvarse hacia arriba en un amago de sonrisa que se deshace tan rápido como ha aparecido.
–Karada.
El maestro susurra la palabra al oído de Lambert, que se sobresalta y retrocede. Se frota las manos en la camisa mientras toma aire y su vientre se hincha. El pelo lacio se le pega a la frente. El maestro le tiende otra cuerda. Después se acerca a ella y la sujeta por la barbilla con una mano que parece de cuero. Lambert acerca la cuerda a su boca y ella abre los labios. Un hilo de saliva le cae por la comisura y resbala hacia el cuello. Lambert lo recoge con la yema de un dedo. Se miran a los ojos. Ella atrapa la cuerda entre los dientes y aprieta las mandíbulas hasta que los labios se le vuelven blancos. El maestro hace un nudo en forma de lazo a la altura de la nuca. Lambert le quita la cuerda de las manos para enrollarla en las piernas y los tobillos de ella, que gime. El maestro asiente y sonríe. Ella tiene ahora todo el cuerpo aprisionado por cuerdas. Parpadea una y otra vez, rápido, con espasmos.
Lambert mira hacia el aparador, donde queda una última cuerda. La coge y empieza a caminar en círculos alrededor de ella. Cada vez que da un paso fuera de la alfombra de seda, resuena en la habi-tación el eco de su pisada. Con el siguiente, su huella queda marcada sobre el tejido de colores. Cuando se detiene, los únicos sonidos que se escuchan son su respiración densa y los gemidos de ella. Entonces Lambert le pasa la cuerda bajo el nudo de la nuca y entre los brazos. Sopesa los dos extremos mientras observa los ganchos del techo. Mete los dedos bajo los nudos en la espalda. Que-dan aprisionados entre la carne y la soga cuando ella inspira. Cuando espira, Lambert mete más la mano hasta que el sudor de su palma se mezcla con el de ella. La piel está caliente y rugosa por las marcas de la fibra. Los dedos de Lambert palpitan con el pulso acelerado, apretados por la cuerda, hasta que la mano resbala. Lambert coge los cabos sueltos y trata de colgarlos de uno de los ganchos del techo. Falla. Recoge la cuerda del suelo. Vuelve a lanzarla. Con cada intento, a ella se le escapa un sollozo. Cuando la soga pasa por el gancho, Lambert la recoge. Tira con las dos manos a la vez que dobla las rodillas. Ella se eleva del suelo, sujeta por la nuca y la cintura. Aúlla y muerde la cuerda. La orina le resbala por los muslos y gotea sobre la alfombra de seda dejando pequeñas manchas oscuras. Lambert jadea y una vena azul verdoso se le marca en el cuello. Palpita al mismo ritmo que sus tirones mientras la soga le quema la piel.
El gancho en el techo cruje y se desprende. Ella grita y la cuerda resbala de las manos de Lambert. Una lluvia de polvo de escayola se precipita sobre sus ojos, cegándole. Los dos caen al suelo.
Se oye un rumor de gramófono que viene de algún piso cercano. La voz de Édith Piaf cantando «Non, je ne regrette rien» vibra en las paredes. Lambert se incorpora y deja caer la cuerda. El cuerpo de ella está desmadejado sobre la alfombra persa, con el cuello torcido en un gesto imposible. No se mueve. Lambert se aparta e intenta levantarse pero, cuanto más patalea, más se enredan sus piernas en la soga roja. Se detiene. Una gota de sangre cae de su labio inferior y se precipita sobre la madera. Recorre una veta negra haciendo zigzag hasta ir a parar a la juntura entre dos tablas. Se cuela por el orificio y se pierde. Lambert parpadea. Se levanta apoyándose en las palmas de las manos y desenreda la cuerda de sus tobillos. Le ha dejado marcas por debajo de la ropa. En el suelo, sobre la alfombra, ella tiene los ojos oscuros inyectados en sangre y los labios pálidos entreabiertos. Con el cuello torcido hacia atrás, parece extender un brazo hacia él. Los dedos de su mano casi tocan la punta del zapato de Lambert, que se aparta. Édith Piaf entona «rien de rien» con un trémolo. Lambert mira a su alrededor pero solo ve su gabardina doblada sobre la silla y la mesita del té, ahora vacía. El maestro ha desaparecido.
La lámpara del techo se balancea. Lambert se pasa la mano por la cara y la palma queda manchada de sangre. Camina hacia atrás sin dejar de mirar el cuerpo de ella y las marcas de la cuerda amoratándose sobre su piel. Recorre el pasillo. Abre la puerta. En las escaleras la voz de Édith Piaf resuena como en una sala de conciertos. Lambert baja los escalones de dos en dos. Tropieza y cae contra la pared, pero se levanta como un resorte. Sale. En la calle no se escucha la música. Los adoquines están húmedos. Lambert corre.
* * *
Sobre el Pont des Arts, varias parejas se abrazan, a pocos metros unas de otras. Lambert camina por el centro del puente. Se detiene. El río baja rápido y silencioso. Un joven delgado vestido con traje de pana aprieta a una chica menuda y morena contra la barandilla. Tiene la cara hundida en su escote. Ella vuelve la cabeza hacia Lambert. La pintura roja de sus labios está corrida y mancha su mejilla. La joven enreda los dedos en el pelo de su amante, y entre los mechones rubios deja ver sus uñas pintadas de negro.
Lambert ve a lo lejos las caras iluminadas del Pont Neuf con sus ojos saltones y sus bocas retorcidas. Echa a andar por la orilla del río. Solo se oye el ruido de sus pasos.
Llega hasta la Place Saint-Michel y se deja caer junto a la fuente. Mete la cabeza en el agua. Uno de los dragones de alas curvadas vomita un chorro que le golpea en la nuca una y otra vez. Lambert saca la cabeza y deja que caiga sobre su cara. Tose, traga agua. Se aparta y mientras jadea para recobrar el aliento mira la estatua gris del dragón. El agua sucia que salpica dentro y fuera de la fuente tiene el color del té cargado. En el suelo, las páginas de un ejemplar de Le Monde se revuelven, empapadas. Lambert se levanta y lo recoge. Las manos se le manchan de tinta. Empieza a caminar.
Cuando Lambert entra de nuevo en la casa, el gramófono y Édith Piaf están en silencio. Sube las escaleras. La puerta del apartamento está abierta. No hay luz en el pasillo pero al fondo del corredor se ve el salón iluminado. Lambert avanza hasta detenerse bajo el dintel. Sobre la mesita hay una tetera humeante y dos cuencos. La alfombra persa está extendida con sus flecos perfectamente alineados. Hay un hueco en la escayola del techo. El maestro lleva el mismo traje gris y los mismos zapatos negros. Hace una leve inclinación de cabeza. Lambert observa sus manos oscuras y las venas marcadas en el dorso, que palpitan. Las manos de Lambert tiemblan, lo mismo que sus brazos y su torso empapado. La camisa se le pega al cuerpo y deja entrever la sombra del vello y la curva de las costillas.
El maestro se acerca al aparador y coge un rollo de cuerda. Lambert se quita los zapatos, la camisa y el resto de la ropa. Lo deja todo en el suelo, en un pequeño montón y, encima, el periódico mojado. Desnudo, camina hacia el maestro hasta que sus pies tocan la alfombra de seda. El maestro desenrolla la cuerda y exclama una orden. Lambert extiende los brazos.
Paula Lapido

La soledad dentro del grupo
Si yo les dijese que este relato es de "Nadia Romanescu", una joven y atormentada escritora rumana, suicidada hace unos meses y que su obra se ha convertido en objeto de culto por la élite lectora de Nueva York. Y que The New Yorker prepara un especial sobre ella y que la revista Life la sacará en portada en breve, ahorcada como se suicidó, pero con un rostro bellísimo, pensarían dónde han estado para no enterarse. Es probable también que alcen la vista y repasen el relato. Y todo ello por el etiquetado que acabo de hacer. Yo no pongo ninguna objeción a su modo de actuar y no lo reprocho. Mi navegador tiene la barrita de PageRank y cuando entro en cualquiér página es lo primero que miro. Paula Lapido se presenta bajo la "marca blanca" de escritora. Es su marca genérica, pero en breve, en no más de cinco años, será la marca Paula Lapido, o el nombre que escoja para su empresa de escritora. Pues dentro del grupo de escritores, de todas las voces en la penumbra, su soledad sonora es visible y audible.Yo tendré la satisfacción, la íntima satisfacción de haberla leído bajo la marca Paula Lapido.

Este relato se halla en la excelente revista Narrativas 10
Sobre Nawa shibari. No les vaya a pasar como a mí, que pensé que era el nombre de la "chica".
Su blog, Escupitajos de Erudición. También lo tienen en la columna de este blog.
Otros relatos suyos mas cortos en "Los inéditos del síndrome".
Su columna en "Sin columna.com"
Conocer al autor Paula Lapido
Entrevista

sábado, 10 de enero de 2009

De un pelo a otro

Asdrúbal Hernández
(Relato completo e inédito)
De un pelo a otro
Con un nervio impropio de su complexión el chico grandote se puso en pie y gritó fuerte para que le oyeran todos:
-¡Mecagüen! ¿Quién a sido, eh? ¡Jodé!
Los chicos que le habían gastado la broma mudaron al pronto su semblante socarrón.
Seguían todos sentados, sin soltar prenda. No estaban ya tan seguros de que la broma fuera a tener las divertidas consecuencias que imaginaron. Por lo pronto las carcajadas habían dejado paso a una sonrisa helada, y alguno, entendiendo antes que nadie lo que se venía encima, ya había puesto cara de estar cagándose en los pantalones.
¿Acaso no habían visto en alguna ocasión cómo se arrancaba aquel gigantón cuando reventaba? Daba con la mano abierta. El Petisuí ya lo había probado; el muy bestia a punto estuvo de desvirgarle el tímpano.
Y parecía a un pelo de reventar.
-¡E cagon la madre! ¿Quié a szido? –volvió a bramar.
Y como no mirara a nadie en particular, sino que les abarcó a todos con aquellos ojos de loco de atar, de pronto se desató el pánico. Tres chicos saltaron del grupo como si llevaran muelles en los pies. Uno de ellos trastabilló a los pocos metros y se quemó las rodillas en el cemento. Era Petisuí. Sin mirar atrás, volvió a salir zumbando. Las rodillas peladas. A lo Cristo. Ni sensación; ¡como para perder un segundo en duelos! Fueron los cincuenta metros libres más rápidos de cuantos se habían corrido jamás en el campo de futbito del colegio público Ramón Bajamar y Lehende. Pero los demás se perdieron la proeza; menos dotados de reflejos, o simplemente maravillados ante la visión del grandullón vociferante, seguían con el culo pegado al suelo. Eso sí, cada cual había tensado el cuerpo para salir zumbando en el último instante.
Entonces se oyó un chillido de mujer.
-¡Sebas!
La mujer había abandonado a toda prisa el banco donde estaba sentada y venía corriendo. Todos la miraron.
-Sebas, ¿qué pasa?
Alguno de los chicos supo entonces que ya no corría peligro, y envalentonado dijo por lo bajini:
-Ahí viene su mamita a ponerle a mear. No sabe mear si no se la saca su mamita.
El grandullón volvió a mirar al grupo, después a su mamá, que se acercaba, y a continuación otra vez al grupo. Pero su mirada había perdido la fiereza de un segundo antes. Algo había ocurrido en él; el impulso de machacarles la cabeza se había esfumado. Fue cerrando las manazas hasta que los puños semejaron porras, sus brazos se tensaron, pero en su cabeza estallaron imágenes que nada tenían que ver con aquellos chicos y la broma que acababan de hacerle. Entonces volvió a ver en ellos a sus amigos y compañeros de clase, y sonrió.
- ¿Eh? ¿Vale? Yo no he zido.
Y se oyó una carcajada general, una enorme carcajada de alivio.
(Años mas tarde)(1)
Quería estar seguro de que había entendido bien, que no era como las otras veces, y regresó a los lavabos. Le parecía que últimamente se estaba repitiendo eso mismo con cierta frecuencia. Y si al principio no le daba importancia (cuántas pequeñas cosas quedan sin explicarse en nuestra cabeza, cosas sin importancia, pequeños fallos de percepción por parte de los sentidos), ahora empezaba a pensar que aquella bobada podía llegar a obsesionarle si no conseguía encontrarle una explicación.
Entró en los lavabos y se dirigió al excusado, en el interior de cuya puerta había leído con toda claridad aquella frase: Cabrón el que no lo lea. En ese instante oyó que entraba alguien más y sin volverse, se apresuró a encerrarse por dentro. Bajó la tapa del inodoro y se sentó.
-Y cando te vayas de casa de tus padres, ¿adónde irás? –dijo una voz que le era familiar.
Leyó la frase: Cabrón el que lo lea. La leyó una y otra vez. Cabrón el que lo lea, no cabrón el que no lo lea. Había vuelto a suceder.
-¿Te irás a vivir con ella?
-No. Alquilaré un apartamento.
La voz del que respondía no le sonaba.
-De todas maneras ni siquiera sé cuándo podré marcharme.
-Ya. Bueno, pero has empezado a pensar en ello, ¿no?
Oyó la descarga de agua de los urinarios de pared, y a continuación el agua corriendo en los lavabos.
-Tengo que hablar con mis hermanos. No sé. Algo habría que hacer, porque, la verdad, estoy hasta los huevos.
La voz desconocida se echó a reír.
-Los padres. Qué le vamos a hacer. Deberíamos tener una fecha de caducidad, ¿no? Como en La fuga de Logam. ¿Viste aquella película?
Ahora era la voz familiar quien reía.
-Ya casi es la hora –dijo-. Yo voy a quedarme a comer por aquí. Si te apetece...
Saltó la tobera de aire del secador de manos.
-No, lo siento. Me veo con Laura.
Se abrió de nuevo la puerta.
-Tu sombra, ¿eh?
Las risas se alejaron antes de que la puerta volviera a cerrarse y dejaran de oirse del todo. El secador de manos siguió haciendo ruido durante unos segundos más y luego cesó también. Y entonces él salió del excusado.
Naturalmente, había vuelto a suceder. Y como en ocasiones anteriores, con una frase sencilla y de enunciado unívoco. Otra vez había extraído un significado erroneo, incluso después de leerla repetidamente.
Mientras se encaminaba a su mesa a coger la chaqueta y la cartera, se preguntó cuánto tiempo hacía que le venía ocurriendo, y si eran los primeros síntomas de algo que debiera consultar con el médico.
Cogió la chaqueta del perchero y se la puso. Entonces se acordó de los resultados de las pruebas del A. D. N., y quiso echarles otro vistazo. En ese momento un grupo se dirigía a la salida. El que encabezaba la marcha se desvió un poco para acercarse a él por detrás y palmearle el hombro sin detenerse.
-¿Te quedas el último para hacer méritos, Gain? –dijo, provocando la risa de todos-. Pues no te molestes, el capullito de alhelí se ha ido hace rato.
-Si estuviera de buen humor te mandaría a tomar por culo. Pero estoy de mal humor- respondió él, forzando una sonrisa.
Odiaba a aquel tipo, del que se contaban algunas cosas verdaderamente extraordinarias acerca de su talento para viajar a costa de los laboratorios. Las risas se redoblaron camino de la puerta principal. <>, murmuró.
Cuando desaparecieron por la puerta sacó el sobre de la cartera y extrajo los gráficos, les echó un rápido vistazo y los devolvió a la cartera. Entonces se dio cuenta de que no había previsto la forma en que debía abordar el asunto con su mujer.

Días atrás, Gain y Solvia se habían enredado en una de esas peleas absurdas que no llevan a ninguna parte y que se olvidan en unas pocas horas. Y todo habría quedado atrás también esta vez de no haber sido por un pelo, por un pelo del pubis para ser más preciso.
Aquella tarde, al volver del trabajo Gain se encontró en el metro con un amigo y se sentaron media hora en una terraza a tomar un par de cervezas. Cuando llegó a casa Solvia le dio el rutinario beso y le preguntó, como de ordinario, por la jornada de lucha lejos del castillo. El mismo tono y la amabilidad con que le acogía siempre, y sin embargo algo diferente en ese calco de otros días debió de percibir Gain que le hizo pensar en subir la guardia. Algo le había pasado. Pero, ¿qué? No había sido antes de que saliera de casa, ni antes de que hablara con ella por teléfono a media mañana.
Gain dejó la cartera sobre el sinfonier, se quitó la chaqueta y la guardó en el ropero del recibidor.
-El príncipe ha tenido hoy una mala tarde- informó ella-. He tenido que ponerme un poco dura. Es más terco que una mula. Está en su cuarto. ¿Por qué no hablas con él y luego cenamos?
¿Era eso, entonces?
-Ahora voy a verle- dijo.
-Y no te asustes por el moretón de la frente, no es nada.
-¿Se ha caído otra vez?
-Eso dice él. Yo no le he visto.
Sin embargo, ¿por qué estaba seguro de que, fuera cual fuese el asunto, nada tenía que ver con el chico sino sólo con él? Dios, y cómo odiaba Gain esos reproches contenidos, le sacaban de sí.
Hablaría con el chico y después con ella. Con asepsia, entrándole bien templado; lo que menos le apetecía era justo una pelea en la que llevaría todas las de perder (¿pero qué te he dicho yo, qué he hecho? ¿Es que eres imbécil? ¿A qué viene esta mierda ahora?, le diría ella).
Gain cogió la cartera y se dirigió a su despacho con el principio de un interrogatorio (que él suponía conversación) formándose en su cabeza. Después de ponerse la ropa de andar por casa entró en el cuarto del chico. Lo despachó en cinco minutos; no entendía muy bien cómo su mujer podía sulfurarse tanto por algo insignificante; él le habría dejado ver un poco más la tele y no le hubiera negado otra onza más de chocolate. Sí, estaba un poco gordo, como él mismo, pero, ¿y qué?
-Bueno. Ya está- le dijo a su mujer, que ya estaba sentada a la mesa y removía el contenido humeante de la sopera-. Es un buen chico. No deberíamos presionarle en exceso. ¿Eso es todo?
A Solvia no le pareció nada amistoso la forma en que finalizá la frase, pero respondió sin interrumpir lo que estaba haciendo, dos cazos de sopa jardinera en un plato y dos en el otro.
-¿Qué te ha dicho?
-Nada, no sé qué del chocolate y la tele. Que no has querido darle más de uno y no le has dejado ver más la otra.
Era imposible no sonreír con esa manera tan enrevesada de hablar que a veces adoptaba su marido. Así que sonrió una vez más, mirándole esta vez a los ojos.
-¿Te ha contado que ha cogido una tableta de chocolate de hacer del armario y sólo ha dejado una onza?
-Joder.
-Sin joder, querido. ¿Así que no te lo ha contado? ¿Ni que, por supuesto, no le ha dado la real gana cenar?
-Vaya.
-¿Vaya? Y tú, ¿qué le has dicho?
Gain no estaba preparado para que su mujer le interrogara a él. La sopa estaba demasiado caliente. Se quemó. Pero algo más empezaba a quemarle por dentro. Y estaba dispuesto a seguirle el juego. Y encima se ahorraría la entrada, siempre tan difícil y resbaladiza, siempre tan caprichosa.
-Nena, ¿estás enfadada con el chico o conmigo?-dijo, sin levantar la vista del plato. Con el gesto de remover la sopa con indiferencia, creyó además estar añadiendo: ¿Crees que vas a poder detener el curso normal de mi vida a tu capricho? Ni lo sueñes, querida.
-No digas bobadas. No estoy enfadada con nadie. Es que... Bueno, dejemos esto, ¿vale?
No, no quería dejarlo. Ese “es que” era un clavo al que debía agarrarse.
-Por mí... Sólo que no sé qué mosca te ha picado.
-Vale. No sé a qué mosca te refieres. Pero no deberíamos empezar. No quiero discutir. ¿Y tú, Gain, quieres discutir?
A Gain estos forcejeos ya no le estimulaban. En los primeros años de vida en común, Gain acogía las réplicas de Solvia como golpes de espuelas en las corvas. Pero ya no era un fanático de la última palabra. Así se lo había dicho ella en una ocasión. Un fanático de la última palabra. Recordarlo todavía le hacía sonreír.
Fue derecho al grano.
-Menos que tú. Así que dime por qué estás picada- insistió- y aclaramos en un minuto el asunto. Algo que yo haya podido decir o hacer sin tener conciencia de estar perjudicándote.
Ella apartó el plato e hizo un ademán de levantarse.
-Mira, no me jodas- alzó la voz.
-Qué más quisieras.
Ella le miró con odio.
-No te pases, te lo advierto –dijo muy bajo, con un cambio inesperado de voz, como si de golpe sintiera todo el cansancio y el hastío de las mil disputas habidas desde que se conocían.
Hubo un silencio. Gain se había asustado un poco. Se llevó una cucharada de sopa a los labios, sopló en ella, se la metió en la boca. Entonces la miró a los ojos.
-Vale. Sólo quiero entender lo que pasa. Porque esta mañana te he dejado la mar de bien y ahora... –dijo. Sonaba demasiado a súplica y se arrepintió enseguida-. Tranquilízate y hablemos, ¿vale? Seamos racionales.
Eso estaba mejor, de hecho estaba bastante mejor.
A ella se le habían humedecido los ojos; iba a romper a llorar.
-¿Racionales? ¡Que te den por culo! –gimió.
Se levantó con brusquedad, arrastrando hacia atrás la silla, que cayó al suelo con estrépito.
-¿Racionales? –repitio, con la voz distorsionada por el llanto-. ¡Y una mierda
La siguió con la mirada, aguantando la respiración, hasta que salió del comedor.
No contaba con esto. <>, se dijo, sin tener todas consigo. Si había pretendido cortarle en seco impresionándole, por Dios que lo había conseguido. ¿Y ahora, qué? Ahora que no la tenía delante, su ausencia confundía sus pensamientos.
Inspiró lenta, profundamente, como si fuera a darse una larga zambullida, y luego estuvo un rato contemplando la silla en el suelo. ¿Qué estaba ocurriendo? Había visto algo diferente en Solvia, estaba seguro. No podía decir qué, no era algo que él pudiera reducir a simples palabras, pero lo que fuera le hizo afirmarse en la idea de que pasaba algo. Y ella, con su tozuda reticencia, se lo ocultaba deliberadamente a medias.
¿Qué es? ¿Pero qué es? ¿Eh? ¿Se puede saber?, preguntó a la silla. Y tanto insistir, la silla le respondió, claro, volvió a oír las palabras que le había dirigido Solvia: Que te den por culo, resonaron en su cabeza.
Gain era muy cuidadoso con los objetos de la casa (se puede decir que llegaba a sufrir al ver un vaso o un plato rompiéndose; un cuadro torcido disparaba de inmediato su viejo amor de estudiante por la geometría y en particular por las lineas paralelas y corría a enderezarlo; la televisión o el equipo de música con la lucecita roja de desconexión temporal encendida le producía desasosiego y refunfuñaba contra Solvia mientras se apresuraba a apagarlas; si alguna alfombra –las de los baños o la sala, el resto de las alfombras de la casa eran demasiado gruesas y estaban siempre bien estiradas- mostraba a su vista un pliegue lo pisaba y se cercioraba de que los bordes se mantuvieran paralelos a la línea de las juntas del parqué y las baldosas).
Como si de una frágil y pálida virgen prerrafaelista se tratara, levantó la silla del suelo con delicadeza (de nada tenía la culpa, ¿qué había hecho para que la maltrataran?), la miró por delante y por detrás, por arriba y por debajo, y vió con satisfacción que seguía intacta. Esa mesa y las cuatros sillas, de preciosa madera de cerezo (¿acaso lo había olvidado ya?, eran regalo de los padres de ella. ¿Había olvidado que las cosas tienen alma, sobre todo las que siendo más cercanas te hacen mejor la vida? Como si no hubiera sido un tema de conversación recurrente y no hubieran disfrutado hablando de ello al principio, cuando empezaron su vida en común y soñaban con levantar poco a poco un hogar como se levanta un monumento. ¿No tenía entonces todo un sentido?
Tenía que decírselo, recordarle que debían volver a la esencia. ¿Cuándo se había torcido el camino? Llevaba tiempo rumiando la idea de hablar de todo eso con Solvia, pero el cansancio (el mismo cansancio que había puesto a congelar la vida sexual entre ambos) le había hecho ir aplazándolo.
La sopa se enfriaba en la mesa.
Solvia estaba en el cuarto de baño, sentada en la taza con el tejano en los tobillos y las bragas en las rodillas. Gain había esperado encontrarla en su estudio, o quizá en el cuarto donde tenían los aparatos gimnásticos, y entonces cerraría la puerta y trataría de que sólo se volviera a abrir con un armisticio y las fronteras de lo que hay que dar y lo que hay que tomar bien definidas. Pero de pronto se encontró indeciso en mitad del pasillo a oscuras, expiándola por el hueco de la puerta entornada, que Solvia había dejado esta vez menos abierta de lo habitual como una declaración. Esperó a que acabara. La vio arrancar un pedazo de papel higiénico y doblarlo en dos, ponerse en pie, llevárselo a la entrepierna y dejarlo caer en la taza. Gain contempló el bello púbico, cobrizo y espeso, con algunos mechones ensortijados del color de oro viejo, y cuando se giró para pulsar el botón de la cisterna las nalgas, prietas y aún bien ancladas al nacimiento de la espalda, el lunar justo en el arranque de la hendidura, donde antaño a él le gustaba tanto empezar sus excursiones.
¿Qué miraba? ¿Todo aquello a lo que había renunciado? ¿Cuántas mujeres menos atractivas que Solvia se cruzaban con él a diario tensando por un instante la ballesta de su deseo?
Solvia salió del cuarto de baño y dio un grito al descubrirlo allí, parado en medio de la penumbra. Como un eco, le sucedió otro grito procedente del cuarto del chico. Los gritos del chico eran su descarga neuronal, les había dicho el psicólogo al principio, como si el cerebro suspirara, no había problema, por ahora le beneficiaban, y desaparecerían algún día. Estaban acostumbrados, por eso no lo oyeron o hicieron como si no lo hubiesen oído.
-Maldita sea, me has asustado.
-¿Podemos...?
Solvia pasó por delante de él sin detenerse.
-Espera.
Cerró la puerta de la cocina con extrema suavidad, como si quisiera demostrarle que por mucho que hiciera él, ella no iba a perder los nervios.
Se había apartado un poco para dejarla pasar, y ahora permanecía apoyado en la pared con el hombro.
-Cabrona- dijo en voz baja, casi también en un susurro, pero él ya empezaba a perder la paciencia.
A veces había llegado a pensar que la odiaba, pero era un odio tan parecido a la rabia que no creía en él.
Oyó el ruido de la televisión. Mira, supuso que le quería decir ella, todo sigue su curso y tú no puedes evitarlo, ¿ves?
Fue al cuarto de baño. Sin ganas de mear, apuntó a la taza con el pene y esperó. <>, se dijo Gain, <>.
A fuerza de apretar consiguió lanzar un chorro al centro de la diana. Cuando acabó tiró de la bomba. Bien, y ahora qué. Entonces vio el pelo y se agachó a cogerlo. Era de Solvia, un ensortijado bello púbico de color castaño.
A las pocas semanas de conocerse, una noche lluviosa de invierno Gain llevaba a Solvia a su casa, en un pequeño pueblo costero a media hora de la ciudad. Tuvieron una pequeña discusión en el coche porque Solvia quería que entrase a conocer a sus padres, a quienes ya había hablado de él, y a su hermano (que aún no tenía edad para escapadas nocturnas), y Gain no. Gain se salió con la suya y no entró, y Solvia, como penitencia, le pidió que se lo volviera a hacer. A él le parecía arriesgado hacerlo allí, delante del bloque de viviendas, en la segunda de cuyas tres plantas vivía ella.
-Pueden vernos desde la ventana- dijo.
-Y qué. Sólo verán los cristales empañados- se rió ella.
-Y pensarán que lo estamos haciendo.
-O que estamos hablando, ¿no?
Ya sin la presencia de ella y mientras regresaba por la carretera de la costa, Gain notó que tenía un pelo en el fondo del cielo del paladar. La lengua no alcanzaba a atraparlo. Se introdujo el dedo índice hasta que sintió que le llegaba una arcada. Lo intentó de nuevo, lo justo para dejarlo al alcance de la punta de la lengua, que lo arrastró hasta los labios. Gain lo cogió, redujo la velocidad del coche y encendió la luz interna. Tenía forma de ocho inacabado, como el signo de infinito sin cerrar. A la luz mortecina de la lamparita del techo no se advertía en él la tonalidad del vello púbico de Solvia, que tanto le gustaba, pero sonrió feliz, porque sintió que aquello debía de querer decir algo, algo maravilloso y que sólo acababa de empezar. Temía no volver a encontrarlo si lo ponía sobre el asiento de terciopelo, o sobre la bandeja junto a la palanca de cambios, con los pañuelos de papel y las cintas de música. Por un segundo pensó en volver a dejárselo en los labios, pero finalmente paró en el arcén y lo guardó en la billetera. De todas formas no iba a ser el último, se dijo risueño mientras se ponía de nuevo en marcha Esa noche lo metió entre las páginas de “Las flores del mal”.
Gain se lo acercó a los ojos para mirarlo de más cerca. En la punta que había estado hundida bajo la piel había una microscópica excrecencia blanquecina, la raiz. No lo pensó, fue simplemente como si sus pies le llevaran sin mediar su voluntad. Abrió la puerta de la cocina.
-¿Esto es tuyo?-dijo-. ¿Vas dejando tus pelos del coño por ahí?
Fue como si otro hablara y él asistiera a la escena. Al igual que habían hecho sus pies, su boca parecía obrar también por su cuenta.
-¿Te estás quedando pelona ahí abajo?
Solvia se dio la vuelta con el cuchillo y la manzana en las manos.
-¿Qué?
Gain estiró el brazo. Ella miró su mano, los dedos índice y pulgar unidos.
-Que deberías recoger los pelos que vas dejando por ahí.
-¿Qué? –repitió.
-Tu puto pelo, joder.
Entonces se dio cuenta. ¿El cabrón era capaz de venir con un pelo a provocarla? Increíble.
-¿Te has dado cuenta de lo ridículo que eres?
-Es tu pelo.
-Qué bajo has caído.
-No tanto, comparado contigo. ¿Qué hago con él?
-Métetelo por donde te quepa.
Solvia dejó la manzana a medio comer y el cuchillo sobre la encimera de mármol.
-Es tuyo.
-¿De verdad estás hablando en serio?
-¿Me ves pinta de estar bromeando?
-Serás majadero.
Gain adivinó su movimiento y reculó hacia la puerta.
-Déjame pasar- dijo Solvia.
Gain ocupaba todo el vano.
-¿Qué haces? Venga, déjame pasar.
-Vale, pero antes hablemos.
Solvia le dio un empujón, pero él se había aferrado al marco con la mano libre y apenas se movió.
-He dicho que me dejes pasar.
-¿Podríamos hablar?
-¿Hablar?
-Hablar, sí.
-¿Hablar de tu puto pelo?
-No es mío, es tuyo.
-¿Cómo lo sabes, joder?
-¡Es tuyo!
-¡Vete a la mierda!
Solvia cerró los puños, y antes de que Gain lo viera venir alzó uno y logró apartarle de un fuerte golpe en el pecho. Salió corriendo a encerrarse con el chico.
Lo que le hizo enmudecer de sorpresa no fue el puñetazo de Solvia, el repentino dolor en la tetilla y el brazo izquierdos, punzante e intenso como si le fuera a sobrevenir un infarto. Lo que de verdad le impresionó e hizo que afluyera al instante en él una mezcla de vergüenza y perplejidad fue verla salir corriendo. ¿Presa del pánico? Había visto su mirada justo en el instante en que sintió el golpe. ¿Pero es que había llegado a provocarle pánico? ¡Dios!

Seis meses después de empezar a trabajar para los laboratorios Leica y Urmon, Gain pidió a Solvia que se casara con él. Fue un sábado por la noche, durante una cena a bordo del trasbordador que hacía la travesía entre la costa y la isla de San María, seis o siete millas mar adentro. Pasaron la noche en un hotelito con las habitaciones colgadas sobre el acantilado, y a la mañana siguiente, mientras trasegaban en la terraza el sustancioso desayuno que les habían subido a la habitación, precisaron la fecha.
Pero quién se acuerda ahora de todo eso, del paseo por las callejuelas estrechas y retorcidas del barrio pesquero cogidos de la mano, del chapuzón entre las rocas (desnudos y con apenas una toalla del hotel para secarse uno al otro, pues habiendo acabado la temporada de playa no habían previsto bañarse), del regreso la tarde de domingo, él, escrutando ensoñadoramente el mar y el contorno sin bruma de la costa, cada vez más próxima, metáfora promisoria sobre la nueva e insospechada vida a punto de llegar, mientras ella dormitaba con la cabeza sobre su pecho, rodeada por sus brazos.

Gain había analizado el pelo descubriendo que no era de él, pero tampoco de Solvia. Comparó las secuencia genéticas de ambos (caspa de él; flujo vaginal de ella –conseguido de unas bragas que encontró en el cesto de la ropa sucia la misma noche de la discusión), y no coincidieron. El descubrimiento inesperado, sin embargo, cuando descartados ella y él como propietarios ahondó en su análisis, fue que aquel pelo de pubis debía de pertenecer a un hombre, un hombre de unos cuarenta y tantos años, tirando a rubio. Prestó cierta atención a esto último, pues ya antes de casarse con ella sabía de su debilidad por los hombres con ese color de pelo.
No quería fantasear, pues estaba seguro de Solvia y de que habría una explicación estúpida y anodina para explicar la aparición del pelo púbico de un hombre rubio de unos cuarenta y tantos años en el cuarto de baño de su casa, pero no deseaba dejarlo pasar sin aclararlo. Y bien mirado, joder, la pregunta era qué hacía un pelo de las pelotas de un extraño en su cuarto de baño.
El caso es que no se le había ocurrido pensar cómo debía entrarle a Solvia sin reavivar las cenizas. ¿Qué haría ella cuando casi una semana después volviera a hablarle del pelo, cuando supiera que lo había guardado para analizarlo y así poder atribuirle un dueño?
-Pero, ¿tú estás majara o qué?- seguro que le diría, y movería la cabeza de un lado a otro, como acostumbraba a hacer, en señal de que ciertamente lo creía-. ¿De verdad me estás diciendo que te llevaste aquel jodido pelo al trabajo para ver si es mío? Eres patético.
-Espera, no saques conclusiones prematuras, ¿eh?, aquello ya acabó, ¿vale? Lo que pasa es que...- se defendería seguramente él. Pero, ¿cómo podría llegar al meollo de la cuestión sin haber provocado antes una marea de indignación en Solvia que le impidiera hablar sin pasión, digamos clínicamente del asunto? ¿Y si lo primero que le espetase fuera <>?

Salió del aparcamiento en su flamante coche familiar (el coche había sido otro motivo de fricción entre los dos. Cuando se decidieron a cambiar de coche, Solvia se empeñó en que fuera un coche pequeño, pero fue Gain quien eligió, tras varias semanas de morros y regateos, el monovolumen con el que ahora enfilaba la circunvalación de la costa. <>, en palabras de Solvia al ver el folleto que le mostró Gain la tarde en que se dirigían en su viejo coche a celebrar el último cumpleaños del chico con los abuelos, los padres de ella; <>, refunfuñó extasiada al ver el interior cuando fueron a retirarlo al concesionario).
Por delante tenía media hora de coche hasta la localidad playera donde Solvia estaría ya a la mesa (Gain miró la hora en el reloj analógico, un capricho retro del fabricante, el único objeto de la rutilante consola que no le recordaba a la N.A.S.A., y vio que pasaban unos minutos de las dos) con sus compañeros de la Asociación Literaria, que esa tarde iban a ofrecer un recital de poesía en la biblioteca municipal. Ella, por su parte, leería algunos pasajes de la última novela de Antonio Gala, y toda la lectura estaría acompañada a la guitarra. Durante el año que Solvia llevaba en la Asociación, nunca la había acompañado.
En un momento de debilidad Gain le había dicho que acudiría.
-No tienes por qué hacerlo, si no quieres. Ya sabes de qué va todo eso.
-No, de verdad, me apetece. –insistió él.
-Como quieras.
Ella iría a media mañana en el coche de una amiga y comerían allí con el resto del grupo y un miembro de la organización. Esther esperaría al chico a la salida del colegio. Si él iba podían volver juntos e ir a recogerle a casa de su hermana.
Los azules del mar y el cielo refulgían con la luz cenital del mediodía, y sin embargo declinaban hasta presagiar tormenta al atravesar las lunetas tintadas. Gain había regulado la temperatura del interior hasta unos agradables veinte grados y ahora se dispuso a seleccionar alguno de la docena de cedés insertados en el equipo musical instalado en el maletero. En la pantalla del ordenador fueron apareciendo en rápida sucesión Mozart, los Rolling, Vangelis, Bach, Tete Monteliu, Los charchaleros, Chet Baker... Chet Baker, y empezó a sonar una sedosa trompeta.

Pensó en Solvia, toda la mañana en muy edificante y poética compañía. ¿Apagarían las luces del salón de actos para que lucieran los encendedores? ¿Los balancearían con suavidad de un lado a otro como si estuvieran en un concierto de Silvio Rodríguez? ¿Sentirían, hombro con hombro, tanta emoción que una lengua de fuego iría a posarse sobre sus cabezas para hermanarles mostrándoles el recto camino de la salvación poética?
Se imaginó a Solvia saliendo al estrado, Solvia aclarándose la garganta (estaba acostumbrado a oirla recitar en casa, a leer cualquier cosa en voz alta, en una ocasión un prospecto médico de supositorios), Solvia dando las buenas tardes, dirigiendo su mirada a las personas más próximas, donde estaría segura de no encontrarle.
Y luego, de pronto, tan claro que se asustó un poco, se imaginó que él ya no existía, que llevaba años muerto. Y a continuación, en el mismo estrado, a Solvia, declamando mientras mira al público y a ratos sonríe. En la penumbra se balancean las pequeñas llamas de los encendedores, de un lado a otro, de un lado a otro. Y entre todos los que sostienen su encendedor en alto, alguien, le devuelve la sonrisa y trata de llamar su atención, sube y baja la llama, de abajo arriba, de arriba abajo.
(1) Nota del editor
De un pelo a otro
(Relato inédito)
Asdrúbal Hernández

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domingo, 21 de diciembre de 2008

La "PROCTOMAQUIA" o "EL CANTAR DE LOS CULOS"

La "PROCTOMAQUIA"
o
"EL CANTAR DE LOS CULOS"
POEMA ÉPICO-PARÓDICO
de Aristón de Mitiline
Las Horas y las Gracias derramaron sobre ti dulce aceite,
oh culo; ni a los viejos dejas dormir.
Dime, feliz, de quién eres y a qué muchacho
adornas. Y el culo dijo: “A Menécrates”.

RIANO
La Musa de los Muchachos, 38.

Oscuro y fruncido como un clavel violeta
respira, tímidamente oculto bajo el musgo;
el licor del amor todavía lo humedece
y fluye por el leve declive de las nalgas.

PAUL VERLAINE Y ARTHUR RIMBAUD
Soneto al agujero del culo.

a MARCELO GAMARRA,
Hermes organizador de este concurso

a DONNY SMITH,
vocero entusiasta de las Musas amadas

A modo de Presentación
En 1972, cuando murió el arqueólogo Bally Cock, desaparecieron los papiros que él había afirmado haber descubierto en El-Abarca en 1943. Su secretario, el francés Jean-Claude Sevigny, nunca supo responder nada sobre este asunto, a pesar de haber vivido varios años con él y ser el heredero de su biblioteca y de sus manuscritos.
En 1974, en Roma, me encontré con Sevigny por primera vez. Me habló en forma genérica sobre el asunto, como que recordaba lo de los papiros de El-Abarca (“por entonces yo no era todavía su secretario”, me aclaró), pero de ninguna manera se encontraban en el archivo de Cock. Le dije que lo extraño era que el único que habría podido ver, tal vez, los textos griegos era el traductor español José Luis Abreu Villalonga que había hecho una retórica traducción(1) en verso publicada en “La Cibeles” en 1950, después de la guerra. Sevigny puso una cara de extrañeza
indescriptible al escuchar ese nombre, como si yo me hubiera atrevido a evocar al enemigo número uno de Bally Cock o, quién sabe, del mismo Sevigny.
Por lo que sé, Abreu Villalonga había tenido diferencias grandes con Cock, al menos por la interpretación de la autoría de la obra, si no por el título. En 1945, cuando apareció el anuncio del descubrimiento de Bally Cock en Archaeological Review(2) con una simple indicación, “An epic-parodic "chanson‟ was found by Bally Cock in the vally of El-Abarca”, yo también había considerado errónea la opinión del arqueólogo inglés que interpretó αρίστ....... por Aristón, filósofo peripatético de la época en que se habría escrito el poema, alrededor de 230 a.C., y no por ejemplo Aristágoras, que fue un escritor cómico, aunque es cierto que su ubicación es totalmente incierta en cuanto a lugar y tiempo. Yo tenía también un serio problema con la interpretación de ....ληνη, que a mi juicio de ninguna manera podía ser Mitilene (y menos en caso dativo con una clarísima iota suscrita), sino que se refería a Galena (es decir “para Galena”), una nereida de la que se habla en buena parte del poema.
Pero me estoy alejando de la cuestión porque en esa época en que Europa pensaba nada más que en la desolación de la guerra, ¿qué podía importar lo que pretendía discutir un argentino desconocido como yo desde un territorio tan austral con un arqueólogo inglés que, además, hacía por lo menos dos décadas que no pisaba su propio país? Bally Cock no respondió jamás a una sola carta mía, por supuesto. Ni siquiera cuando volvió a Cowley y, si no me equivoco, ese francesito guapo de Jean-Claude Sevigny ya vivía con él como “secretario” o como lo que sea.
Cuando visité a Sevigny por segunda vez, en 1976, la situación pareció cambiar; me dijo que se acordaba de mi nutrida correspondencia con el arqueólogo; me dio el detalle de los desteñidos sellos postales con la cara de San Martín, y una foto que se me había ocurrido mandarle (me la había sacado mientras trabajaba en cueros bajo el fuerte sol de Purmamarca, cosa casi de adolescente). El francés me aseguró con elegancia que todo estaba perfectamente archivado, y añadió, mirándome de reojo, que yo tenía, por aquel entonces, un cuerpo admirable. El dato no dejó de resultarme más que curioso, porque nada tenía que ver con el famoso poema del que
hablábamos.
Lo cierto es que me puse en campaña para conectarme en Málaga con el traductor Abreu Villalonga. Pensé que iba a ser el camino más fácil. Estábamos en mayo de 1977. Lo logré en un cóctel de investigadores. Apenas si nos intercambiamos algunas palabras, pero no pasó nada. Traté de coquetearle un poco y pude entender, a pesar de su parquedad, que el manuscrito lo tenía Sevigny y habían acordado verse al mes siguiente por ese motivo.
Quise, entonces, ganarle de mano al español, y busqué el modo de encontrarme otra vez con el señor Jean-Claude, que por entonces se había retirado a Nantes. Pero fue imposible. Ni llamadas telefónicas ni cartas tuvieron eficacia alguna.
Decidí hacer finalmente un viaje a Nantes, en una de mis estadías romanas, para ver si, golpeándole a la puerta, Sevigny me recibía. Pero por ese entonces, y estoy hablando de junio de 1977, Sevigny ya no me hubiera podido atender porque había muerto, de un infarto parece, algunos días antes, como me explicó la portera de la Rue des Fleures, 36, probablemente coincidiendo con la visita de Abreu Villalonga.
Podrá advertir el lector que con este poema no he tenido muy buena suerte que digamos. Ya desde el título, que por respeto a su descubridor, Bally Cock, he seguido manteniendo como La Proctomaquia. No es ocioso discutir, por ejemplo, el significado de las letras que quedaron inicialmente πρωκτομ...., ya que bien podría tratarse de la Proctomanía(3), es decir, “La locura de los culos” y no “La batalla de los culos” puesto que de este enloquecimiento(4) se trata en forma expresa y será la definición de la guerra. Con este poema, decía, he tenido bastante mala suerte, muy mala suerte. ¿Todo, quizá, por empecinarme en un texto sospechosamente falso y al mismo tiempo casi absurdo para la mentalidad actual? Pero, en fin, eso es lo que lamento como resultado de mi especialización en un país como este, al que no le interesan los culos de nadie, menos los de Dioniso, Apolo y Ares que son los que están en cuestión.
Respeté también el subtítulo, El cantar de los culos; creo que fue ocurrencia de Abreu Villalonga, pero seguramente sugerido por la etiqueta del género "chanson" que el mismo Cock le pegó al anunciar el hallazgo. Me pareció, al principio, un intento algo ingenuo de leer la obra desde el Cantar de Mío Cid o, en todo caso, la Chanson de Roland o, si se quiere, desde el Roman de Renart. En este último caso, sería original acercarlo al género "roman" de la Edad Media francesa, e incluso, por qué no, al mismo romancero español. ¿No quedaría mejor hablar de La Proctomanía. El romancero de los culos? Pero suena mejor La Proctomaquia. El cantar de los culos. Y así quede.
Sí, mi mala suerte ha sido absoluta con este poema, cantar de gesta, romancero o lo que se quiera, o tal vez una pura falsificación, como para no encontrar editorial que aceptara publicar mi versión, considerada poco más o menos una profanación del inglés de Cock y de su traducción rimbombante al español. No me han quedado muchas más alternativas que retocar un poco el castellano de Abreu Villalonga con el británico victoriano de Bally Cock. En realidad confieso que me he dado el gusto de llamar al culo culo y no trasero o nalgas, como en estas versiones
puritanas. ¿O no hay una palabra para cada cosa?
Sin embargo, lo más importante era confrontarme con el texto griego. Y así lo hice. En otro momento hablaré de este asunto. Lo que sí puedo afirmar, aunque parezca un poco presumido, es que ésta es la versión definitiva.
Horacio Argüello
septiembre de 1977
(1) No quiero pensar que la traducción de Abreu Villalonga sea sólo y simplemente una traducción del texto inglés, publicado por Cock en la Colección Victorian Old Texts. London, Oxon.Univ.Stud.,1946.
(2) Archaelogical Review. Vol. XXXVIII (I). London, Camb. Press, march 1945. page 23
(3) Según Hédilo de Samos, el mismo Calímaco nombraría en el libro 117 de sus "Pínakes" a la
Proctomanía como un poema cómico de Riano de Creta, que sigue a continuación de su Heraclea, obras lamentablemente perdidas. La función de Heracles como juez en la disputa del culo más bello entre los tres dioses es esencial, ya que en realidad, el gran héroe que no termina de llorar la pérdida de su Hilas en la expedición de los argonautas, es el que, al parecer del autor, tiene un culo mucho más hermoso que el de los tres dioses rivales. ¿Se tratará de esta obra? Lamentablemente en los papiros de El-Abarca, que el arqueólogo inglés clasificó como Cock Frag. 64/127 aparecen esas sílabas, ARIST... ...LENE, que nos llevan a otras hipótesis que nada tienen que ver con Riano de Creta, Hédilo de Samo o Calímaco.
(4) Podría decirse que "manía", μανια, como enloquecimiento sacro, porque de esto se trata, está más cerca del furor de Aquiles, la "menis", μηνις, a través del verbo "mainomai", μηνις. Es más que claro, como lo iremos haciendo ver en todo el texto con mis notas, que este Aristón, Aristágoras, Riano o quien sea, quiere seguir los pasos de la Ilíada como se le podía ocurrir a cualquier poeta alejandrino que intentara hacer una Proctomaquia o una Proctomanía, como más le guste al lector. No olvidemos que a Homero se había atribuido una Batracomiomaquia, casi de seguro la madre adoptiva de este poema paródico. No por nada los cantos de la Proctomaquia son doce, la reducción típicamente helenista de los veinticuatro cantos homéricos.

ARGUMENTO DEL POEMA
El poema comienza, según la tradición homérica, con una invocación a las Musas de Pieria, en especial a Calíope, madre de Orfeo. De inmediato se enuncia el tema, un certamen entre Dioniso, Apolo y Ares para ver quién de ellos tiene el culo más hermoso, promovido por Hermes y Afrodita. El juez es Heracles, quien al fin será proclamado “megaloproctos”, de gran culo, iniciando así el culto particular de las fiestas llamadas Procteas en su honor.

Cada vez que silba el viento, abandonados en el Pritaneion de Delfos, conversan entre sí los “proctoaspidisquiones” o escudos en forma de culo. “Culo Prohibido” dice haber sido hecho por el mismo Hefesto y haber estado en manos de Orfeo, por lo que conoce los cantos de éste sobre la contienda de los culos de los tres dioses, supervisados por Heracles. A “Culo Prohibido” lo escuchan otros cinco escudos: “Culo Difícil”, “Culo Lánguido”, “Culo Cerrado”, “Culo Caído” y “Culo Pelado”, todos en miserable estado de abandono, que alternan y preguntan al relator. “Culo Prohibido” les canta la canción de Orfeo que se cantaba en las Procteas y les cuenta cómo se desarrollaban esas fiestas en honor de Heracles Megaloproctos, y cuál fue la historia de este culto particular del héroe. “Culo Prohibido” será entonces el relator de esta historia (canto I).
La nereida Galena se apura para llegar hasta Hermes y contarle que Afrodita ha emprendido el viaje ya que quiere reclamarle por las burlas de él y de su hermano Apolo, cuando la diosa cayó con Ares en la trampa que le tendiera su marido Hefesto.
Llega Afrodita, en efecto, y Galena debe esconderse. Pero lejos de existir recriminación por parte de Cipris, Hermes y la diosa del amor terminan en el lecho, concibiendo a Hermafrodito. Galena decide vengarse. Pero no es todo. Hermes propone la realización de un concurso de culos divinos, así como lo hubo de diosas, para que ella pueda tener en sus brazos a Apolo. Serían convocados también Ares, su amante, y Dioniso que no tendría excesivo interés en la diosa. Como juez se propone a Hefesto, ya que siendo marido de Afrodita, no sospecharía en las intenciones de la diosa (canto II).
Hefesto rechaza la invitación, debido a que por su odio a Ares, no podría ser un juez ecuánime; propone que se invite a Hércules, glorioso héroe, que lo haría mejor que el mismo Paris en otros tiempos. Se compromete a colaborar, elevando un monumento de bronce al vencedor. Galena corre a avisar, antes que a nadie, a Dioniso que está en la India, quien recibe la noticia de buen grado (canto III). La nereida va luego a Delos para contarle también a Apolo. Ante la llegada de Hermes, Galena, llena de rencor, se oculta en las rocas cercanas y debe escuchar las burlas y maltratos de que es objeto. Hermes trata de convencer a Apolo que Afrodita está interesada en él. Hermes se llega también hasta el campamento de Dioniso, que ya había sido avisado por la nereida, y prueba la fuerza de la seducción dionisíaca (canto IV). Galena visita a Ares para contarle la preparación del concurso y lo pone en sobreaviso acerca de las relaciones amorosas de Afrodita con Hermes. Cuando la diosa del amor se encuentra con su amante Ares, advierte que está en pie de guerra y consigue aplacarlo con sus artes amorosas (canto V).
Es Iris la que va a Etolia para proponerle a Heracles que sea juez del certamen de culos divinos. Más tarde aparece Galena para contarle al héroe lo que se está tramando. Heracles la somete lascivamente, pero la relación se interrumpe ante la aparición del peligroso centauro Neso (canto VI). Finalmente los tres contendientes se encuentran a orillas del río Acis en Sicilia. Participa también Hefesto, que promete sólo levantar un monumento al ganador. Hermes y Heracles llegan después; este último acaba de matar al centauro Neso que quiso violar a su mujer Deyanira. Al fin se presenta Éride, la Discordia, y como lo había hecho en el concurso de las diosas, ofrece un premio, esta vez una pera de oro. Enseguida los tres dioses se pelean por la custodia del regalo pero Hermes decide entregarlo a Heracles como juez. Hermes convoca a los concursantes para la primavera en el valle del río Eveno, y los tres se retiran desafiantes (canto VII).
Con una nueva invocación a las Musas se retoma el relato. En escena está Hefesto que, ante las presiones de Ares, amante de su mujer, promete forjarle un “proctoaspidisquión”, es decir un escudo en forma de culo. Al enterarse Apolo y Dioniso, exigen ellos también al herrero divino el propio “proctoaspidisquión” (canto VIII).
Es la época de la primavera. Galena busca a Heracles en los montes cercanos al río Eveno; el héroe la vuelve a requerir en amores, pero son descubiertos al fin por la desesperada Deyanira. Mientras tanto van llegando al valle del río las diosas invitadas, a la cabeza Hera con su gran cortejo. Cada diosa tiene su favorito (canto IX). De pronto cunde el temor cuando advierten que Ares y Apolo avanzan con sus tropas con ánimo más de hacer la guerra que de concursar. De hecho se traban en batalla y Ares lleva las de perder ante las flechas certeras de Apolo y su hermana Artemisa (canto X). Finalmente interviene Dioniso pero su manera de hacer la guerra es muy otra, ya que provoca un enloquecimiento general entre los contrincantes y los espectadores. Sólo la intervención de Zeus y el anuncio de la muerte de Heracles pone fin a la guerra de los culos (canto XI).
Iris y Hermes cuentan cómo fue la muerte del héroe a manos de la desgraciada Deyanira, quien le hizo vestir una túnica con la sangre del centauro Neso, creyendo que recuperaría su amor, y cómo Zeus lo glorificó elevándolo al Olimpo. Hermes, a nombre de Afrodita, propone que se lo proclame vencedor del certamen. En una gran procesión funeraria, llega Deyanira trayendo la pera de oro, que Afrodita reserva para el monumento que se le erigirá como triunfador, invocado ahora como “megaloproctos” o de gran culo. Todos los años se celebrarán entonces las Grandes Procteas, fiestas en honor de Heracles Megaloproctos (canto XII).

CANTO I
INVOCACIÓN A LAS MUSAS Y TEMA DEL POEMA
Me urgís, amadas Piérides(5), a cantar lo que no podría hacer sin vuestra ayuda,
aunque variada es la experiencia de los hombres que transitan por la tierra,
sea que la borrachera provoque el delirio de la danza y la alegría(6),
sea que el sol pinte paisajes de oro, esmaltados de pájaros cada madrugada,
sea que la guerra temple el grito, y el coraje de los caballos tracios aturda de furia el suelo.
¿Quién puede cantar la hazaña del guerrero, quién la paz de la mañana, quién la locura de las fiestas,
si vosotras, Piérides amadas, no sopláis sílaba a sílaba el aire que respira el poeta?
Venga a mí Calíope para entonar un himno a la increíble hazaña de Heracles Megaloproctos;
que suene a mi oído la dulce flauta de Euterpe que provoca el deseo de los hombres;
con paso rítmico salte Terpsícore el baile licencioso de las nalgas ligeras;
haga cantar Erato, entre estruendos corales, a los redondos vozarrones de los traseros;
Talía, con su máscara ridícula, nos haga reír a pie suelto y a cuerpo desnudo;
tú, la más excelsa de las Musas, sonora Calíope de lira firme,
con las restantes vecinas del Olimpo que habitan Pieria y recorren el mundo,
llama a tu hijo, el melodioso Orfeo(7), para que temple su cítara de nueve cuerdas
y nos cante cómo fue la locura de los culos más bellos(8), cómo en certamen,
movidos por la astuta Afrodita(9) de sonrisa falsa, midieron su esplendor
el delirante Dioniso que golpea el suelo con su tirso al son de gritos de júbilo,
el resplandeciente Apolo de aljaba de oro que descorre las luces cada día
y el valeroso Ares, cuyos gritos horrorizan a los valles y collados,
ante el juicio certero del héroe que deja sin aliento a los hombres, Heracles Megaloproctos(10).
Custodien este camino que recorro los muchos hermas(11) que me acompañan,
y me recuerden que quien tuvo la ocurrencia de tamaña contienda, el dios mensajero Hermes,
así quedó plantado en los senderos, solo el rostro vigilante, con mucho falo pero nada de culo.

(5) Las Musas eran llamadas también Piérides por habitar en Pieria, Tracia, cerca del Olimpo. Según una tradición eran nueve, hijas de Zeus y Mnemosine. El texto menciona sólo a cinco relacionadas de alguna manera con las intenciones del poema. Desde Homero (Ilíada I, 1 y Odisea I, 1) ha sido una costumbre en la poesía épica occidental comenzar con una invocación a las Musas.
(6) Metafóricamente en este verso se está hablando de Dioniso, así como en el siguiente de Apolo y en el verso 5 de Ares. En el verso 6 se recapitulan estas tres perspectivas. Dioniso, Apolo y Ares son los tres contendientes del concurso y los que entrarán en guerra por ese motivo.
(7) Más adelante (I, 94) se va a decir que el himno de las Procteas era del mismo Orfeo.
(8) El texto, como se ve, habla de “la manía o locura de los culos”; por eso creemos que éste pueda ser el título del poema, Proctomanía.
(9) El autor resume en los próximos versos el contenido del poema, muy de gusto homérico, presentando a los protagonistas de la historia: Afrodita como aparente organizadora, movida por Hermes que da la idea, Apolo, Dioniso y Ares, los contrincantes, y finalmente Heracles como juez, quien, sin pensarlo, será proclamado vencedor.
(10) Epíteto permanente de Heracles en este poema paródico es “megaloproctos”, adjetivo formado con dos palabras, que quiere decir “de gran culo”, ya indicándolo como vencedor póstumo del concurso.
(11) Hermes es el heraldo de los dioses y el dios del comercio y, por ende, del correo y los caminos. En las encrucijadas de las rutas se solía poner en su honor un busto sin cuerpo pero con un sexo notable denominado “herma”. La referencia del autor a los hermas sin culo son el primer toque directo de humor de este poema paródico.
La "PROCTOMAQUIA" o "EL CANTAR DE LOS CULOS"
POEMA ÉPICO-PARÓDICO de Aristón de Mitiline
Versión y notas de Horacio Argüello
Edición a cargo de Wenceslao Maldonado
Wenceslao Maldonado

Voces en la penumbra
He descubierto a este escritor y poeta, hace poquísimo tiempo, concretamente el día dos de diciembre de este mismo mes en que nos hallamos, lo descubrí al buscar traducciones autorizadas para los poemas de Anacreonte, con el fin de hacer una entrada en el blog Itaca,y encontré una joya:"ENTRE AFRODITA Y EROS", y ya no pude resistirme a él, he señalado la fecha, porque considero que es uno de los mas felices descubrimientos que he hecho en la Red. Wenceslao Maldonado(Buenos Aires, 1940),es una de esas voces tenues, que en este blog etiquetaremos como "Voces en la penumbra", se trata de escritores o escritoras con poca visibilidad, y en el caso que nos ocupa, totalmente inmerecida. Su vida,la humana y la intelectual, es riquísima, y le capacita para subvertir cualquier tipo de "valor" que los seres humanos, a veces muy cómodamente, damos a las cosas, y lo que es peor,con ciega ignorancia a las relaciones humanas.
En ""LA PROCTOMAQUIA" O "EL CANTAR DE LOS CULOS"",hay un magnífico trabajo de orfebrería literaria,sobre un metal precioso, que hará las delicias de cualquiera que aprecie "el coito del fondo y la forma, en la escritura sobre temas "escabrosos"".Dicen que los clásicos, escriben cómo les da la gana y sobre lo que les sale del soplete, yo he puesto a Wenceslao Maldonado, entre mis clásicos.

Su página Web. Todo está en la foto.
Aquí
"Entre Afrodia y Eros".
Aquí "El club de Osos de Buenos Aires".
Aquí sobre "las voces tenues".
Aquí, un fragmento de "La Proctomaquia", en pdf.
Aquí, "Epitalamio de las ninfas del río Eveno", en Ítaca.
Aquí, "Himno de los culos", en Ítaca.
Sobre él, aquí.

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